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En la antigüedad, lo más importante para los hijos era recibir la bendición de sus padres. Vivían esperando ese momento, pues esa bendición destinaba sus vidas y la de los suyos. En la actualidad, la bendición tiene el mismo efecto, por eso nos toca como padres, abuelos o tutores bendecir a nuestros hijos y a sus generaciones. Dios nos ha hecho sus hijos con el propósito de bendecirnos y cambiar nuestro destino. ¡Bendigamos el destino de los nuestros! Veremos generaciones triunfantes. ¡Bendiciones en extremo!
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